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jueves, 15 de octubre de 2009

REFLEXION

La teología de la ternura

Foto: Eronti © 2003


P. Alberto Eronti. "Schoenstatt nació cinco minutos antes de la medianoche", es decir, casi en el umbral de un cambio de época radical: así describió a veces el Padre Kentenich la misión de Schoenstatt. Los acontecimientos actuales y, más aún, las tendencias en la búsqueda de la felicidad, en el modo de pensar y de amar de la gente de estos tiempos nos hacen descubrir que, como un tesoro a veces todavía oculto, en la espiritualidad de Schoenstatt están las respuestas a las preguntas y anhelos de la gente de hoy... y del mañana. Un libro publicado en 2001, trata de la teología de la ternura. La ternura del amor de Dios Padre ¿no es el mensaje que quiso trasmitir el Padre Kentenich?

He recibido de regalo un libro que me ha dado que pensar: "La teología della tenerezza", del P. Carlo Rocchetta (existe en español: "Teología de la ternura", Secretariado Trinitario, Salamanca, 2001). Ya los títulos de sus cuatro partes son llamativos: I) Persona y ternura, II) Ternura y Evangelio, III) Teología y ternura, IV) Ternura y sociedad. ¿Qué me ha sugerido este libro?. Me ha llevado a reflexionar sobre una afirmación que el P. Herbert King me hiciera hace unos años: "Cada vez me convenzo más que Schoenstatt ha sido pensado por Dios como la espiritualidad de la posmodernidad". Como arranque de esta expresión estuvo la afirmación del Padre Fundador: "Schoenstatt nació cinco minutos antes de la medianoche", es decir, casi en el umbral de un cambio de época radical.

¿Quién le da alma al posmodernismo?

Creo que para todos es evidente que lo propio de la posmodernidad es el abandono de lo volitivo y racional (a modo de movimiento pendular) para centrarse en la afectivo, lo emotivo y sensible. Pero este "paso" de la modernidad a la posmodernidad no ha sido, desde su irrupción, una Pascua plena de fuerzas de resurrección. Estamos todavía en el tiempo de la desorientación y desconcierto. Para confirmar esto baste leer las noticias dramáticas de lo que sucede en todo el planeta, o contemplar a los jóvenes en su búsqueda ansiosa y generalmente desorientada de felicidad y realización. ¿Quién le da alma al posmodernismo? ¿Quién le da sentido y orientación pedagógica a lo afectivo, emocional y sensible?. En una encuesta hecha a universitarios italianos, a la pregunta: ¿qué es lo que más deseas en este momento de tu vida?, la respuesta fue: "Estar tranquilo, económicamente seguro y pasarla lo mejor posible", ¡es una respuesta propia de aburridos!. Tienen necesidades afectivas, gustan de emociones sensibles y fuertes…pero carecen de un proyecto de vida, están atrapados por una emotividad díscola, insaciable, tirana. Así la casa, el barrio, la ciudad, el mundo no puede ser un "paraíso", vivir llega a ser un peso. De esta manera no hay vínculo, no hay compromiso, no hay proyecto de vida, no hay misión ni sentido.

El Cántico de los afectos y la emotividad

Me vienen a la memoria estas palabras del Padre Fundador: "El alma del hombre masa está marcada por una múltiple carencia de hogar (…), hay hogar donde hay amor. El hogar afectivo es el estar de corazón el uno en el otro (…), el hogar regala acogimiento y seguridad" ("Das neue Menschen werden"). Creo que el "cantar" más hermoso del Padre a la realidad de los afectos y la emotividad es el "Cántico al terruño" ("Hacia el Padre", Nº 600 y siguientes): "¿Conoces aquella tierra cálida y familiar…: donde corazones nobles laten en la intimidad, …donde con ímpetu brotan fuentes de amor para saciar la sed de amor que padece el mundo?". "¿Conoces aquella tierra …donde ojos transparentes irradian calor y manos bondadosas alivian los dolores…?". "¿Conoces aquella tierra…donde el amor, como una vara mágica, transforma con prontitud la tristeza en alegría…, donde el amor une los corazones y los espíritus?"

Firmeza y ternura

Detrás de estas palabras hay un gran desafío, nuestra misión. Esa que el Padre formulara en Roma, allá en el Adviento de 1965: "La nueva imagen de Dios, la nueva imagen del hombre y la nueva imagen de la comunidad". La teología de la ternura es una acentuación de lo maternal y misericordioso de Dios. En el contexto de la misión y del mundo posmoderno que nos toca vivir, podemos decir que tenemos desde el inicio de Schoenstatt nuestro propio manual de la teología de la ternura: ¡María!. Tenemos la respuesta: ¡La Alianza de Amor con María en el Santuario!. Tenemos un maestro de la misericordia y la ternura: nuestro Padre. Cuando me piden que cuente de mi experiencia con el Padre Kentenich, siempre comienzo diciendo lo mismo: "El Padre que yo conocí y es el Padre del final de la vida", y lo viví como aquel cuya paternidad estaba en "la cumbre de su amor y de su misericordia". No dejaba de usar "su mano izquierda", pero ¡cómo abrazaba con "su mano derecha"!. "Firmeza y ternura, las dos manos de un mismo amor". Sí, la misión urge, la posmodernidad necesita alma y camino pedagógico, el libro de Carlo Rocchetta nos lo confirma desde fuera de Schoenstatt, pero desde el corazón de la Iglesia.

domingo, 8 de marzo de 2009

Circular del P.Alberto Eronti para Cuaresma



Buenos Aires, Cuaresma del 2009
Queridos hermanos:

En la circular que les envié con motivo del último Adviento, intenté hacer una interpretación evangélica de lo que estaba ocurriendo en el mundo: la crisis económica había puesto de rodillas a los habitantes del planeta. Una economía deshumanizada y centrada en el afán de lucro desmedido, provocó un verdadero terremoto en las naciones del así llamado “primer mundo”, pero la conmoción alcanzó a todos los pueblos sin excepción. Ya hay millones de personas que han quedado sin trabajo y todo hace pensar que crecerá el número de indigentes. Los “termómetros” de la economía global oscilan constantemente y los ojos de millones de personas están fijos en los índices con los que se mide el sube y baja de la misma. La inseguridad, la incertidumbre, el miedo al futuro próximo se instaló fuertemente en el sentir colectivo, produciendo stress y depresión a quienes se ven obligados a vivir al día.

¿Qué hacer ante semejante situación? Lo primero es recordar que en el centro de la crisis, que como una morsa, está el hombre, es decir nosotros. No son los números los que sufren, son personas. Precisamente, por ser personas, una situación como la que vivimos produce una profunda experiencia de desvalimiento, desazón y desesperanza. ¡Cuántos sueños y proyectos fueron barridos de golpe!

Lo segundo es reaccionar desde dentro de nosotros mismos: cada uno, cada familia, cada grupo humano ha de reaccionar lo más adecuadamente posible. Si no se reaccionara personal y familiarmente, lo que peligrará es lo que alguien llamó muy gráficamente “La paz económica en los hogares”. ¿Qué significa esto? Significa que hay que aprender a “achicar” gastos, renunciar a proyectos propios de un tiempo de bonanza pero no de crisis. ¡Cuántas discusiones entre esposos a raíz de lo económico! ¡Cuántos desencuentros entre padres e hijos por este motivo! Decididamente, no es lógico vivir como si nada pasara, porque pasa y pasará más y hemos de vencer y no ser vencidos por la realidad.

Lo tercero es un control del egoísmo desmedido. La reacción natural de quien experimenta inseguridad material y existencial, es pensar sólo en sí mismo. La situación actual nos brinda no sólo la posibilidad de replantearnos el tema de la sobriedad, la austeridad y la pobreza evangélica, sino también el de la solidaridad, sabiendo ver las necesidades de quienes conviven con nosotros. No puedo sino recordar la parábola llamada “del buen Samaritano”: dos sacerdotes vieron al hombre caído y herido y se alejaron, un pagano también lo vio, se acercó, lo socorrió y llevó para que fuera atendido. Será bueno entrenarnos para ver, para aproximarnos, para ayudar. Esto no sólo nos libera de toda tendencia egoísta, sino que nos hace libres y por eso más humanos.

En cuarto lugar, y lo que da “alma” a lo dicho, es la mirada de fe. Una antigua publicidad señalaba “donde muchos ven problemas, algunos ven oportunidades”. Se refería a oportunidades económicas, nosotros queremos referirnos a oportunidades espirituales y para el espíritu. Justamente escribo esta carta al inicio del tiempo litúrgico de la Cuaresma. En la catequesis se nos enseñó que es un tiempo de “hacer penitencia”. Dicho así no se entiende todo lo que significa: la Cuaresma es una oportunidad que nos brinda Dios en la vida de la Iglesia año tras año. Es una oportunidad para la libertad, para la pacificación, para la reconciliación, para la esperanza… La otra palabra que aprendimos es “conversión”. La conversión es “ir a más”, ir de menos a más. Más humanos y por eso más creyentes, más creyentes y por eso más humanos. La Cuaresma culmina en la Pascua, que significa “paso”, por eso “ir a más”, es pasar hacia, es crecer en lo noble, en lo bueno, en lo justo, en lo solidario, en el desprendimiento, en la libertad. Por fin, la otra palabra es “ayuno”. Normalmente lo canalizamos dejando de comer ciertas cosas o comiendo menos algún o algunos días de la semana. No es malo hacerlo, pero el ayuno principal no es el de la comida sino del desamor. Ayunar de lo que nos desfigura: la ausencia de amor. Amor expresado como comprensión, ternura, servicio, don de uno mismo.

En la cita bíblica que encabeza esta carta, San Pablo hace referencia “al muro” que divide a los hombres: “la enemistad”, cuyo opuesto es “hacer la paz”. ¿Qué muros me alejan del otro o de los otros? ¿Qué muros nos separan? Sólo si sabemos nombrar el o los muros, tendremos la posibilidad de vencerlos y liberarnos. La economía, los bienes materiales, han acentuado los opuestos: ricos-pobres, pudientes-indigentes, empleadores-empleados, etc. Los muros se superan con un puente. No está en nuestras manos modificar la crisis de la economía global, pero cada uno, cada familia, sí tiene la posibilidad de hacer del problema una oportunidad. Sobre todo una oportunidad para la libertad ante los bienes y el dinero, lo que supone una nueva y evangélica escala de valores: lo primero no es la economía sino, y por este orden, Dios, el hombre y la creación, como un bien que compartimos.

El Padre José Kentenich supo decir, hablando de los bienes materiales y del dinero en tiempos difíciles, que hemos de aprender a ser libres de lo superfluo, quizás también de lo útil, y buscar tener lo necesario. Lo necesario no es una lista larga, es la corta lista que asegura y protege la dignidad de cada ser humano. Es esto lo que sí está en nuestras manos y que sí podemos hacer.

Les deseo un bendecido tiempo de Cuaresma, sobre todo con la presencia sencilla de la “paz económica” en cada uno y en cada hogar. Si lo conseguimos, la Pascua de Resurrección nos encontrará más abiertos y anhelantes de vida y de paz. ¡Así sea!

P. Alberto E. Eronti