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domingo, 12 de julio de 2009

ENCICLICA "CARITAS IN VERITATE"

Indio-Kinder im Amazonas-Urwald von Ecuador
Niños indígenas en la selva amazonica de Ecuador


P. Joaquín Alliende

P. Joaquín Alliende




Por P. Joaquín Alliende

Santo Padre, por mi trabajo, tengo el don de escuchar el clamor de los pobres de más de 140 países. Me permito hablarle en nombre de ellos. Gracias por su grito contra el escándalo de la injusticia. Gracias por mostrarnos el camino de la esperanza que no es otra ilusión más, otra aventura hacia un nuevo fracaso. Gracias por su encíclica "Caritas in veritate".

Sus palabras proclaman que la pobreza y la desigualdad en el mundo no son un hecho fatal, una catástrofe de la naturaleza. Usted nos urge a tomar conciencia de nuestra libertad. Despierta nuestra responsabilidad para plasmar un siglo XXI en la paz que nacerá de la verdad y la justicia. Usted nos comunica la sabiduría de Cristo. Nos muestra el amor inteligente, racional y eficaz. Su carta abre el horizonte de la fraternidad práctica y sólida. En ella, resplandece la verdad esencial de la amistad humana.

En su encíclica responde a nuestras preguntas claves: los habitantes de la tierra ¿pueden vivir como hermanos?; el más necesitado ¿puede ocupar el primer lugar entre todos?; ¿cómo podríamos ser hermanos, sin ser cada uno, hijo del Dios vivo? Tras el descalabro de la crisis financiera, usted señala que la justicia solidaria no se establece sólo haciendo un ajuste monetario. Más allá del cambio de leyes y reglamentos, usted reclama una firme decisión ética, en la convivencia nacional y global. Usted se atreve a exigir, además, el espacio de la fraternidad gratuita y creativa. A los dirigentes del mundo, les propone el Evangelio como alma de la economía del tiempo futuro. Gracias, Santo Padre, por su crudo realismo y por la verdad del amor sin transacciones.

Respetuosamente,

P. Joaquín Alliende

Caritatis in Veritate

El P. Joaquín Alliende, Miembro del Instituto Secualr de los Padres de Schoenstatt, miembro de Cor Unum, consejo asesor del Papa en las cuestiones sociales a nivel internacional. Co-redactor de documentos episcopales latinoamericanos, en los temas de solidaridad y justicia. Presidente Internacional de "Ayuda a la Iglesia Necesitada", fundada por el legendario predicador holandés Werenfried van Straaten, en 1947. Esta institución se especializa en la ayuda pastoral a desplazados y perseguidos, y en el ecumenismo con la Iglesia ortodoxa rusa.


sábado, 11 de julio de 2009

LA NUEVA ENCÍCLICA

Las grandes novedades de la encíclica “Caritas in Veritate”
La “cuestión antropológica” se hace a título pleno “cuestión social”

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Desde hace más de un año, los medios de comunicación de todo el mundo han tratado de dar avances y detalles de la encíclica social de Benedicto XVI. En muchos casos, han contado cosas inventadas.

Ahora que la encíclica ha salido, hay que valorar sus novedades y precisar sus desafíos. La Caritas in Veritate propone una verdadera "conversión" hacia una nueva sabiduría social.

En el contexto en el que de los deberes nacen los derechos, "hay que convertirse a ver la economía y el trabajo, la familia y la comunidad, la ley natural depositada en nosotros y la creación puesta ante nosotros y para nosotros, como una llamada" porque, según la doctrina cristiana, el desarrollo es una "vocación" que implica "una asunción solidaria de responsabilidad hacia el bien común".

Para hacer que la sociedad sera una verdadera comunidad, cuyas relaciones sean dictadas por la fraternidad, la Caritas in Veritate considera que la verdad y el amor tienen una fuerza social fundamental

La encíclica de Benedicto XVI sostiene que "la sociedad tiene necesidad de verdad y amor" y "el cristianismo es la religión de la Verdad y del Amor", por este motivo "la mayor ayuda que la Iglesia puede dar al desarrollo es el anuncio de Cristo".

Verdad y amor son fundantes para la organización social y desempeñan una función de "purificación" para la economía y la política.

Por primera vez en una encíclica social, el derecho a la vida y a la libertad religiosa encuentran una explícita y consistente colocación en relación al desarrollo.

En la Caritas in Veritate (en los puntos 28, 44 y 75) la llamada "cuestión antropológica" se convierte a título pleno en "cuestión social".

Caritatis in Veritate

"La procreación y la sexualidad, el aborto y la eutanasia, las manipulaciones de la identidad humana y la selección eugenésica son valorados como problemas sociales de principal importancia que, si son gestionados según una lógica de pura producción, deforman la sensibilidad social, minando el sentido de la ley, corroen la familia y hacen difícil la acogida del débil.

La encíclica subraya que "no será ya posible implementar programas de desarrollo sólo de tipo económico-productivo que no tengan sistemáticamente en cuenta también la dignidad de la mujer, de la procreación, de la familia y de los derechos del concebido".

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Otro de los temas nuevos es el del medio ambiente, "la ecología medioambiental debe librarse de algunas hipotecas ideológicas (presentes en muchas versiones del ecologismo) que consisten en descuidar la superior dignidad de la persona humana y en considerar la naturaleza sólo de modo materialista, producida por la casualidad o la necesidad".

"El empeño por el medio ambiente no será plenamente fructífero si no se asocia sistemáticamente al derecho a la vida de la persona humana, primer elemento de una ecología humana que haga de marco de sentido para una ecología medioambiental".

Novedad absoluta también el tratamiento de la encíclica del problema de la técnica que a menudo desemboca en una mentalidad que puede llamarse "tecnicidad".

"El riesgo es que la mentalidad exclusivamente técnica reduzca todo a puro hacer y se una a la cultura nihilista y relativista".

La Caritas in Veritate es una gran propuesta cultural y de mentalidad al servicio del auténtico desarrollo, porque los recursos a utilizar para el desarrollo no son sólo económicos, sino inmateriales y culturales, de mentalidad y de voluntad.

En este contexto, se requiere una nueva perspectiva sobre el hombre que sólo el Dios que es Verdad y Amor puede dar.

Verdad y amor son gratuitos, superan la simple dimensión de la viabilidad y nos abren a la dimensión de lo no disponible".

Se trata del principio según el cual la reciprocidad propia de la fraternidad entra plenamente dentro de los mecanismos económicos y es motivo de redistribución, de justicia social y de solidaridad no después o detrás de los mismos.

En este contexto, la gratuidad de la verdad y del amor conducen hacia el verdadero desarrollo también porque eliminan reduccionismos y visiones interesadas.

En conclusión, la encíclica tiene el gran mérito de quitar de en medio visiones obsoletas, esquemas de análisis superados, simplificaciones de problemas complejos, tales como: un excesivo reduccionismo Norte-Sur de los problemas del desarrollo, tras la caída del reduccionismo Este-Oeste; una frecuente infravaloración de los problemas culturales del subdesarrollo; un ecologismo a menudo separado de una completa visión de la persona humana; la atención hacia los problemas económicos en sentido estricto más que hacia aquellos institucionales; una visión asistencialista y no subsidiaria del desarrollo.

La atención se dirige una vez más al hombre concreto, objeto de verdad y de amor y él mismo capaz de verdad y amor.

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domingo, 7 de junio de 2009

LA ORACIÓN

Quien no crea en milagros...

Rezar es conversar con Dios



Padre nuestro...


Yo sé que no existen las hadas que pasan cerca de mí y que, como corresponde con hadas decentes, me regalarían tres deseos. Yo sé que no existen las hadas, pero en todo caso, si las hubiera y si una pasara a mi lado, yo sé lo que le pediría: quisiera estar en el lugar donde los discípulos le pidieron a Jesús "Señor, enséñanos a rezar".

Rezar es conversar con Dios. No es un monologar ante el silencio de un Dios grande e infinito. Pero tampoco es un monólogo de un Dios con el que puedo encontrarme sólo si callo. Rezar es aguzar el oído para los deseos de Dios, para la voluntad de Dios, para el amor de Dios y también aguzar el oído para escuchar su respuesta a mi oración.

Con seguridad, todo aquel que quiera rezar bien, comprenderá lo que los discípulos le pidieron a Jesús; que les enseñe a rezar. Cada uno de nosotros, rezando, llega a límites en los que no escucha ni siente respuesta alguna... Siente dentro de sí un gran embrollo, un gran caos, ninguna oración le resulta, le faltan las palabras y los sentimientos. ¡Cómo debe haber sido la oración de Jesús!. Él, que "es uno con el Padre", Él, que no tenía estos límites, Él, que podía rezar en el amor y en la divinidad.

No es ningún milagro que los discípulos le pidieran que les enseñara a rezar si ellos pudieron experimentar este milagro de la oración divina. Y Jesús les enseñó a rezar. Les enseñó como primera oración la oración comunitaria, una oración en plural, "en primera persona del plural".

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"Padre nuestro"

Jesús les enseña a los discípulos (y con ello también a nosotros), a comenzar su oración con el tratamiento que corresponde a Dios: "Padre nuestro". Dios es nuestro Padre, debemos acercarnos a Él y adorarlo como hijos y responderle como hijos suyos que somos. Cuando queremos rezar como Jesús nos enseñó, entonces no puede faltar nunca el pedido que se haga la voluntad de Dios, que su Reino venga a nosotros. Jesús nos enseña que en nuestras oraciones debe haber pedidos, debemos pedir por nuestro pan diario, pedir también que Dios nos libre del mal, que nos llame a estar cerca de Él, que no nos deje caer en la tentación y que nos perdone nuestras culpas. Cuando los discípulos le pidieron a Jesús "Señor, enséñanos a rezar", entonces Él rezó sencillamente una oración en plural, no le enseñó a cada discípulo individualmente, por decirlo así, en un ejercicio privado, practicando con cada uno como rezar. Creo que lo hizo así porque toda oración debe tener siempre también un carácter comunitario.

Rezar en comunión ... cuando estoy sola

Obviamente que cuando estoy sola, rezo con frecuencia en forma personal, en singular. Naturalmente que muchas de mis oraciones preferidas están escritas en esa forma. Por supuesto que rezo con gusto: "Oh, Señora mía, YO me ofrezco toda a ti". Pero Jesús nos enseñó a rezar en plural, porque en toda oración personal que me une con mi Dios, jamás, ni siquiera por una milésima de segundo, puedo rechazar o hacer imposible la palabra "nuestro" al dirigirme al Padre. Cuando mi conversación y mis peticiones dirigidas a Dios excluyen a otras personas, a una sola persona, entonces me habré distanciado de Jesús, distanciado de Dios, pues ya no es más una oración.

Concretamente eso significa también incluir en mi oración – que la mayoría de las veces rezo sola,– a todas las otras personas que Dios Padre ha creado. Esto quiere decir que en mi oración tiene que haber lugar para una súplica por todos los otros hijos del Padre. Debo crear un lugar en mi oración (y también en mi corazón) para todos los hombres pero también para cada uno de ellos. No importa que a estas personas las quiera o que sean importantes para mí, o si actualmente pisotean mi alma. No siempre es fácil para mí... pero cuando después leo en el "Hacia el Padre" en la oración del "Padre Nuestro": "Tú eres igual para todos, Padre y generoso en amor" (Nº 117), entonces están presentes todas las personas con las que estoy en guerra cuando más tarde rezo: "Con Cristo, su Hijo, bendíganos la Virgen María", el tradicional saludo mariano.

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Rezar con otros cuando no puedo hacerlo sola.

Rezar es maravilloso y frecuentemente me alegro por ello, rezo con gusto y sencillamente le cuento a mi Dios y nuestro Dios toda clase de cosas sin un orden establecido, pensamientos llenos de baches que seguramente necesitan de un Dios todopoderoso y omnisciente para desenmarañar el caos. Y a pesar de eso sucede muchas veces que repentinamente me detengo y la oración me es muy difícil, no solamente porque me faltan las palabras, sino porque mi corazón no vibra, sólo rezo porque quiero rezar. Entonces disfruto al rezar sencillamente con otros.

Cuando no puedo rezar entonces voy con gusto a la Sta. Misa, y a una que esté preparada totalmente por otros para mí. Entonces puedo rezar con la comunidad y entonces en ese momento al rezar en plural se me aclara, me es palpable y consolador que los otros con su amor me llevan en su oración. Siempre que "pierdo" a un niño en el trabajo, es decir, cuando tengo que dejar a un niño del que sé que estará en circunstancias muy difíciles, entonces pierdo la fuerza y la perseverancia. Se me hace muy difícil rezar sola por este niño, por el que simplemente no pude hacer lo suficiente. Entonces estoy muy agradecida que haya personas que recen conmigo por este niño.

Rezar en común

...es sencillamente maravilloso. Frecuentemente me alegro por la oración comunitaria. El Rosario iluminado es para mí simplemente una experiencia clave. Es una vivencia muy profunda de la realidad de nuestra fe (y de la realidad de lo sobrenatural) cuando puedo vivenciar que un par de personas rezan, pero también cuando algunas veces son cientos de personas las que rezan por una sola. Y es tan enriquecedor cuando se medita la gran variedad de peticiones y se puede comprender y sentir la corriente de gracias divinas.

Me pasa algo parecido cuando rezo en comunidad (en la Sta. Misa o en un encuentro) las oraciones de la Iglesia. Justamente durante las oraciones y cantos antiguos pienso con frecuencia en cuántas personas ya han rezado esta oración. ¡Cuántas veces ya se habrá rezado el Padrenuestro desde que Jesús nos lo enseñó!

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Quien no cree en milagros no debería rezar

Rezar es maravilloso. Pero en todo caso la oración no es algo "mágico" que simplemente hace bien, o que "armoniza y relaja". Rezar es una realidad. Rezar es atreverse a entrar en la realidad de lo sobrenatural. El que reza tiene que contar con milagros, pues suceden.

Dios no nos deja "llenarle los oídos" con oraciones para después olvidarlas. Cuando rezo, cuando le doy un lugar en mi en mi vida, entonces Dios me llena. Entonces puede haber un repentino llamado de Él, entonces mi pedido es escuchado. Y ya no puedo negar que Dios está realmente en mi vida.

Verdaderamente esta última frase ya habría sido una buena frase final. Ya que la oración se trata de esto: Dios se vuelve totalmente real en mi vida.

"Para reavivar el fuego del amor"

Todos los católicos rezamos continuamente por esa intención, y lo hacemos cada día de nuevo porque se trata de Dios, no porque sea algún ritual que nos haga bien, sino por la unión con nuestro Padre, nuestro creador. Dios es amor. Si yo me regalo a Dios, si yo le abro mi corazón para que Él pueda inscribirse con su amor en mi corazón, así como yo estoy inscrita desde la eternidad en el suyo, entonces cada oración es la petición y el anhelo de que se una mi amor con el amor de Dios. El Padre Kentenich escribe en el "Hacia el Padre": para eso estamos aquí, para eso Dios nos despierte, para eso rezamos: "para reavivar el fuego del amor" (Hacia el Padre, Nº 3)

domingo, 31 de mayo de 2009

31de Mayo: PENTECOSTÉS

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A partir del Bautismo, el Espíritu divino habita en el cristiano como en su templo. Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que:

  • nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar;

  • nos permite conocerlo y amarlo;

  • hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. Gracias al Espíritu Santo y guiado por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone a la voluntad de Dios.

Dones

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu. Estos dones son:

  1. Don de Ciencia: es el don del Espíritu Santo que nos permite acceder al conocimiento. Es la luz invocada por el cristiano para sostener la fe del bautismo.

  2. Don de consejo: saber decidir con acierto, aconsejar a los otros fácilmente y en el momento necesario conforme a la voluntad de Dios.

  3. Don de Fortaleza: es el don que el Espíritu Santo concede al fiel, ayuda en la perseverancia, es una fuerza sobrenatural.

  4. Don de Inteligencia: es el del Espíritu Santo que nos lleva al camino de la contemplación, camino para acercarse a Dios.

  5. Don de Piedad: el corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente. El calor en la fe y el cumplimiento del bien es el don de la piedad, que el Espíritu Santo derrama en las almas.

  6. Don de Sabiduría: es concedido por el Espíritu Santo que nos permite apreciar lo que vemos, lo que presentimos de la obra divina.

  7. Don de Temor: es el don que nos salva del orgullo, sabiendo que lo debemos todo a la misericordia divina.

Por otro lado, los frutos del Espíritu Santo son:

  1. Caridad.
  2. Gozo.
  3. Paz.
  4. Paciencia.
  5. Longanimidad.
  6. Bondad.
  7. Benignidad.
  8. Mansedumbre.
  9. Fe.
  10. Modestia.
  11. Continencia.
  12. Castidad.

miércoles, 22 de abril de 2009

¿CUÁNDO SANTIGUARNOS?

utor: Padre Oscar Pezzarini

¿Por qué nos santiguamos?

Realizar el gesto de la señal de la cruz no es suficiente si no va acompañado de otros gestos que tiene que ver con nuestra condición de creyentes

¿Por qué nos santiguamos?
Es común ver a mucha gente realizar lo que llamamos “santiguarse”, es decir hacer la señal de la cruz, que es la señal del cristiano, es decir de aquel que cree en Jesús y en lo que Él nos ha revelado.

Esta señal la hacemos cada vez que comenzamos una Oración, pasamos por la puerta de un Templo, quizás al comienzo y al final del día, pero también vemos que muchos la realizan ante determinados momentos importantes que están por vivir, o antes de comenzar alguna actividad. Ahora, pregunto: ¿Saben realmente lo que están haciendo, saben lo que significa?

El realizar esta acción no es otra cosa que invocar a Dios en su realidad, tal como nos la ha revelado Jesús y que además constituye el gran “misterio de nuestra fe” y lo que nos identifica.

¿Al realizar la señal de la cruz, sabemos y somos conscientes de que con este signo de la cruz sobre nuestro cuerpo, manifestamos nuestra fe en la obra redentora de Jesús?

¿Al realizar la señal de la cruz, sabemos que este acto de fe en la Santísima Trinidad nos compromete no sólo a creer en ella, sino a tratar de vivir de acuerdo con su voluntad?

¿Todos los que realizamos la señal de la cruz sobre nuestra persona, estamos de acuerdo en el compromiso que significa el creer en Dios y en su realidad más íntima y profunda, y que por lo tanto eso nos compromete de una manera especial en nuestra vida?

La señal de la cruz es la señal del cristiano, por lo tanto, al hacerla estamos identificándonos con Cristo, con su vida, sus palabras y sus enseñanzas, y debemos tratar de vivir de acuerdo con ello. ¿Somos conscientes de eso?

Me pregunto si muchas veces quienes nos proclamamos cristianos no estamos realizando gestos (como el de la señal de la cruz) por una simple costumbre, a veces con una gran mezcla de “superstición”, quizás creyendo que la “protección” del Señor es casi como algo “mágico” que nos vendrá sólo por un simple gesto que podamos realizar, y nos olvidamos que nuestro seguimiento de Jesús implica un compromiso de toda nuestra vida y que por lo tanto nuestros actos deben reflejar esa fe que tenemos siguiendo el camino que Él nos ha señalado.

El realizar el gesto de la señal de la cruz, sin dudas que no es suficiente si no va acompañado de otros gestos que tiene que ver con nuestra condición de creyentes. Gestos de acercamiento al que sufre, gestos de amor con quien está necesitado, gestos que signifique respeto a la vida de los demás, ya que Jesús nos enseñó que para ser sus discípulos y que así los demás puedan identificarnos como seguidores suyos, debemos “amarnos los unos a los otros”, y no quedarnos “simplemente tranquilos” porque realizamos determinados gestos, pero que sin el compromiso con los demás, quedarán vacíos.

miércoles, 4 de marzo de 2009

ESCUCHANDO AL SANTO PADRE... y tratando de aplicar su enseñanza a nuestra comunidad

Rom, St. Peter: einmal im Jahr lädt der Papst die Priester der Diözese Rom ein


ROMA.. El 26 de febrero, en el aula de las bendiciones, el Santo Padre Benedicto XVI se ha reunido con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, para el tradicional encuentro del inicio de la Cuaresma. Después de la introducción del Cardenal Vicario Agostino Vallini, intervinieron ocho sacerdotes. Uno de ellos fue el Padre Guillermo Mario Cassone, Padre de Schoenstatt.

El Padre Guillermo Mario Cassone preguntó al Santo Padre, partiendo del sínodo sobre la Palabra de Dios, como mejorar la relación entre la Palabra de Dios y la piedad mariana. Documentamos la pregunta del P. Guillermo Mario Cassone y la respuesta del Santo Padre.

Santo Padre: soy el Padre Guillermo M. Cassone, de la comunidad de los Padres de Schoenstatt en Roma, Vicario parroquial en la Parroquia de los Santos Patronos de Italia, San Francisco y Santa Catalina, en el Trastévere.

Después del Sínodo sobre la Palabra de Dios, reflexionando sobre la proposición 55 "Maria, Mater Dei et Mater Fidei" me he preguntado como mejorar la relación entre la Palabra de Dios y la piedad mariana, tanto en la vida espiritual sacerdotal como en la acción pastoral.

Dos imágenes me ayudan: la Anunciación, para la escucha, y la Visitación, para el anuncio. Deseo pedirle, Santidad, que nos ilumine con su enseñanza sobre este tema. Le agradezco por este don.

Respuesta del Santo Padre:

Me parece que Ud. nos ha dado también la respuesta a su pregunta.

Realmente María es la mujer de la escucha: lo vemos en el encuentro con el Ángel y lo volvemos a ver en todas las escenas de su vida, desde las bodas de Caná hasta la Cruz y hasta el día de Pentecostés, cuando está en medio de los apóstoles precisamente para acoger al Espíritu. Es el símbolo de la apertura, de la Iglesia que espera la venida del Espíritu Santo.

En el momento del anuncio podemos tomar ya la actitud de la escucha – una verdadera escucha, una escucha para interiorizar, que no solo dice sí, sino que asimila la Palabra, asume la Palabra – y después continúa en la verdadera obediencia, como si fuese una Palabra interiorizada, esto es una Palabra convertida en mí y para mí, casi como forma de mi vida.

Esto me parece muy hermoso: ver esta escucha activa, una escucha que atrae la Palabra de modo que entre y se torne Palabra en mi, reflexionándola y aceptándola hasta lo íntimo del corazón. Así la Palabra se torna encarnación.

El modelo de la Iglesia

Lo mismo vemos en el Magníficat. Sabemos que es un tejido hecho de palabras del Antiguo Testamento. Vemos que María es realmente una mujer de la escucha, que conocía en el corazón la Escritura. No conocía solamente algunos textos sino que estaba tan identificada con la Palabra que las palabras del Antiguo Testamento se convierten, sintetizadas en un canto en su corazón y en sus labios.

Vemos que realmente su vida está compenetrada de la Palabra; había entrado en la Palabra, la había asimilado y se había tornado vida en ella, transformándose después de nuevo en Palabra de alabanza y de anuncio de la grandeza de Dios.

Me parece que San Lucas dice al menos tres veces, quizás cuatro, que Ella ha asimilado y conservado en su corazón las Palabras. Ella era para los Padres, el modelo de la Iglesia, el modelo del creyente que conserva la Palabra, que porta en sí la Palabra; no solo la lee, la interpreta con el intelecto para saber qué cosa ha sido en aquel tiempo, cuales son los problemas filológicos.

Todo esto es interesante, importante, pero es más importante sentir la Palabra que es conservada y que se torna Palabra en mí, vida en mí y presencia del Señor.

Por eso me parece importante el nexo entre Mariología y Teología de la Palabra, del cual han hablado los Padres sinodales y del cual hablaremos en el Documento post-sinodal.

Es obvio: la Virgen es palabra de la escucha, palabra silenciosa pero también palabra de alabanza, del anuncio, porque la Palabra en la escucha se encarna de nuevo y se torna así presencia de la grandeza de Dios.



El Papa propone “crear espacios” para los alejados en las parroquias
Se trata de “facilitar su reincorporación” a la vida de la Iglesia

Benedicto XVI considera que en las parroquias hoy es importante proporcionar espacios para que los alejados, a quienes la secularización actual ha convertido en "extraños" a la vida de la Iglesia, se acerquen a ella progresivamente.

Así lo manifestó durante su encuentro anual de Cuaresma con los párrocos de la diócesis de Roma, celebrado el pasado jueves 26 de febrero en la Sala de la Bendición del Vaticano, y en el que, en un ambiente distendido, quiso responder personalmente a sus inquietudes y preguntas.

La segunda pregunta fue formulada por el sacerdote Fabio Rosini, párroco de Santa Francesca Romana all'Ardeatino, sobre cómo afrontar el actual proceso de secularización, venciendo la tentación de acudir a métodos de "éxito pastoral" momentáneo que no traigan fruto en el futuro.

Ante ello, el Papa explicó que hay "dos criterios de discernimiento" para "no correr en vano" en la labor evangelizadora.

En primer lugar, enfatizó la importancia de no descuidar las comunidades ya existentes: "La comunidad de los fieles es una cosa preciosa, no debemos subestimar -incluso mirando a los muchos que están lejos - la realidad hermosa y positiva que constituyen estos fieles, que dicen sí al Señor en la Iglesia, intentando vivir la fe, intentando ir tras las huellas del Señor".

Es muy importante, subrayó, que los fieles "encuentren en su párroco realmente el pastor que les ama y les ayuda a escuchar hoy la Palabra de Dios, a entender que es una Palabra para ellos y no sólo a las personas del pasado o del futuro; que las ayuda, aun más, en la vida sacramental, en la experiencia de la oración, en la escucha de la Palabra de Dios y en el camino de la justicia y de la caridad".

Se trata, añadió, de potenciar a la misma comunidad creyente como evangelizadora: "los cristianos deberían ser fermento de nuestra sociedad con tantos problemas y con tantos peligros y tanta corrupción como existe".

Los cristianos que viven abiertamente su fe "pueden interpretar también un papel misionero sin palabras", explicó. "Si hay personas o comunidades que hacen esta elección completa de la vida y hacen visible el hecho de que la vida que han escogido es realmente vida, dan un testimonio de grandísimo valor".

"Es algo absolutamente indispensable, fundamental, dar, con el testimonio, credibilidad a esta Palabra, para que no aparezca sólo como una bonita filosofía, o como una bonita utopía, sino más bien una realidad. Una realidad con la que se puede vivir, pero no solo: una realidad que hace vivir. En este sentido me parece que el testimonio de la comunidad creyente, como fondo a la Palabra, del anuncio, es de grandísima importancia".

El segundo criterio es el de el anuncio de la Palabra, "abriendo lugares de experiencia de la fe a aquellos que buscan a Dios", es decir, recuperar la experiencia del catecumenado de la Iglesia antigua.

Este catecumenado "no era simplemente una catequesis, algo doctrinal, sino un lugar de experiencia progresiva de la vida de la fe, en la cual se abre también la Palabra, que se convierte en comprensible sólo si es interpretada por la vida, realizada por la vida", afirmó.

El Papa subrayó la importancia de que las parroquias abran "lugares de hospitalidad de la fe", hospitalidad "hacia aquellos que no conocen esta vida típica de la comunidad parroquial".

Las parroquias "deben abrirse e intentar crear vestíbulos, es decir, espacios de cercanía. Uno que viene de lejos no puede inmediatamente entrar en la vida formada de una parroquia, que ya tiene sus costumbres. Para éste de momento todo es muy sorprendente, lejano a su vida".

Por tanto, añadió, "debemos intentar crear, con ayuda de la Palabra, lo que la Iglesia antigua creó con los catecumenados: espacios en los que empezar a vivir la Palabra, a seguir la Palabra, a hacerla comprensible y realista, correspondiente a formas de experiencia real".

No hay recetas

El Papa mostró su satisfacción porque en las parroquias "se esté haciendo realmente este primer anuncio, que se va más allá de los límites de la comunidad fiel, de la parroquia, en búsqueda de las llamadas ovejas perdidas".

"Para este trabajo concreto yo no puedo dar recetas, porque hay distintos caminos que seguir, según las personas, sus profesiones, las distintas situaciones", aclaró.

El catecismo "indica la esencia de lo que hay que anunciar. Pero es quien conoce las situaciones el que debe aplicar las indicaciones, encontrar un método para abrir los corazones e invitar a ponerse en camino con el Señor y con la Iglesia".

En cualquier caso, sea cual sea el camino que se utilice para la evangelización, es necesario "estar siempre en la gran comunión de la Iglesia, aunque quizás en un espacio aún algo lejano: es decir en comunión con el obispo, con el Papa, en comunión así con el gran pasado y con el gran futuro de la Iglesia".

"Estar en la Iglesia católica de hecho no implica sólo estar en un gran camino que nos precede, sino significa estar en perspectiva de una gran apertura al futuro. Un futuro que se abre sólo de esta forma", concluyó.


jueves, 26 de febrero de 2009

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: el ayuno

Autor: Benedicto XVI | Fuente: Libreria Editrice Vaticana

¿Tiene sentido ayunar?

Mensaje de Benedicto XVI a propósito de la Cuaresma que comienza el 25 de febrero de 2009

¿Tiene sentido ayunar?
¿Tiene sentido ayunar?
¡Queridos hermanos y hermanas!

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 11 de diciembre de 2008

martes, 17 de febrero de 2009

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE

Benedicto XVI muestra cómo “progresar” en la vida espiritual”
Propone la “Escala del paraíso” de Juan Clímaco como ejemplo

La Iglesia Hoy


CIUDAD DEL VATICANO, - El crecimiento de la propia vida en la virtud no es algo que pertenecía a los monjes del desierto o a quienes querían llevar una vida de heroísmo, sino que es un camino para todos los bautizados, afirma Benedicto XVI.

Ante los cerca de 8.000 peregrinos congregados en el Aula Pablo VI para la Audiencia General, el Papa retomó su enseñanza sobre los Padres de la Iglesia, que había dejado el año pasado para comenzar el ciclo de veinte catequesis sobre san Pablo.

En esta ocasión, habló sobre Juan Clímaco, monje ermitaño del siglo VI, autor de la "Escala del paraíso", uno de los escritos espirituales más importantes de la historia cristiana.

Juan Clímaco fue un monje que vivió en el Sinaí como ermitaño y como cenobita, en un tiempo en que el Imperio Romano se había desmoronado ante el empuje de las invasiones bárbaras, y la única institución que subsistía era la Iglesia.

"La Escala, obra escrita por un monje eremita que vivió hace mil cuatrocientos años, ¿puede decirnos algo a nosotros hoy? El itinerario existencial de un hombre que vivió siempre en la montaña del Sinaí en un tiempo tan lejano, ¿puede ser de actualidad para nosotros?", se preguntó el Papa.

Aunque la respuesta pareciera ser negativa en primer término, invitó a los presentes a caer en la cuenta de que "aquella vida monástica es sólo un gran símbolo de la vida bautismal, de la vida del cristiano".

El obispo de Roma puso de manifiesto que este método de vida espiritual propuesto en la Escala culmina "con las virtudes fundamentales, iniciales, más sencillas: la fe, la esperanza y la caridad".

"No son virtudes accesibles solo a los héroes morales, sino que son don de Dios a todos los bautizados: en ellas también crece nuestra vida", añadió.

La fe, por ejemplo, "implica que yo renuncie a la arrogancia, a mi pensamiento, a la pretensión de juzgar por mi mismo, sin confiarme a otros. Este camino hacia la humildad, hacia la infancia espiritual es necesario superar la actitud de arrogancia".

Por otro lado, "sólo la esperanza nos hace capaces de vivir la caridad. La esperanza en la que trascendemos las cosas de cada día, no esperamos el éxito en nuestros días terrenos, sino que esperamos finalmente la revelación de Dios mismo".

"Sólo en esta extensión de nuestra alma, en esta autotrascendencia, nuestra vida se engrandece y podemos soportar los cansancios y desilusiones de cada día, podemos ser buenos con los demás sin esperar recompensa. Sólo si Dios existe, esta gran esperanza a la que tiendo, puedo cada día dar los pequeños pasos de mi vida y así aprender la caridad", explicó.

"Escala"

El pontífice explicó a los fieles en qué consiste la "Escala" de Juan Clímaco, que este monje escribió después de 40 años de vida eremítica a los pies del monte Sinaí.

En este tratado de vida espiritual, Juan "describe el camino del monje desde la renuncia al mundo hasta la perfección del amor. Es un camino que tiene lugar a través de treinta escalones, cada uno de los cuales está unido con el siguiente".

Esta "ascensión" se divide en tres fases: "la primera muestra la ruptura con el mundo con el fin de volver al estado de infancia evangélica", la segunda "el combate espiritual contra las pasiones", y la tercera, "la perfección cristiana".

La primera fase, explica Benedicto XVI, supone "la vuelta a la verdadera infancia en sentido espiritual, el llegar a ser como niños. El alejamiento voluntario de las personas y lugares queridos permite al alma entrar en comunión más profunda con Dios. Esta enuncia desemboca en la obediencia, que es el camino a la humildad a través de las humillaciones -que no faltarán nunca- por parte de los hermanos".

La segunda, el combate contra las pasiones, no debe verse como algo negativo, pues "es importante tomar conciencia de que las pasiones no son malas en sí mismas; lo son por el uso malo que de ellas hace la libertad del hombre".

"Si son purificadas, las pasiones abren al hombre el camino hacia Dios con energías unificadas por la ascética y la gracia y, "si han recibido del Creador un orden y un principio..., el límite de la virtud no tiene fin", afirma el Papa citando a Juan Clímaco.

Respecto a la última fase, el sucesor de Pedro destaca los tres principios, "sencillez, humildad y discernimiento", de los cuales "Juan, en línea con los Padres del desierto, considera más importante este último, es decir, la capacidad de discernir".

Se refiere también a la oración, que puede ser corpórea y "oración del corazón", "la invocación del solo nombre de Jesús, una invocación continua como la respiración". El fin de la escala es la "trinidad de las virtudes": la fe, la esperanza y la caridad.

Esta caridad, comparada con el amor humano, está íntimamente unida con la esperanza. "La ausencia de la esperanza anonada la caridad: a ella están vinculadas nuestras fatigas, por ella nos sostenemos en nuestros problemas y gracias a ella estamos rodeados por la misericordia de Dios", concluye el Papa.

Por Inma Álvarez

martes, 16 de diciembre de 2008

PREPARANDONOS PARA RECIBIR A JESÚS NIÑO EN NUESTRO CORAZÓN



http://www.biblioteca-tercer-milenio.com/reflexiones/imagenes/MariaJose.jpg

Preparemos una buena confesión


· Primeramente haga silencio interior y pida al Padre Dios le ayude a ver claro en qué cosas se ha apartado del Evangelio de Jesucristo, ya sea en pensamientos, en sus palabras, de obra u omisión.

· Pida al Señor la gracia de la conversión para reemprender una vida de amor a Dios y a los hermanos; para dar un testimonio esforzado y humilde del Evangelio de Jesucristo; para apartarse con decisión de las situaciones que le ponen en peligro de caer; para ser más auténtica, más recta, mejor colaboradora de la obra de Dios y de la alegría de los hombres. Ofrezca al Señor un propósito sincero de cambio para vivir según sus enseñanzas.

· En la confesión, exprese al confesor, con claridad, sencillez y humildad, lo que siente y reconoce como sus pecados. Indique el tiempo transcurrido desde la última confesión y, en pocas palabras, las faltas cometidas.

· Terminada la confesión, escuche con atención el consejo del sacerdote, y acoja la absolución sacramental y la penitencia con gratitud de corazón, procurando cumplirla con prontitud.

· Fomente un sentimiento de alegría al sentirse querida por Dios; un sentimiento de apertura, acogida y comprensión de los demás y de acción de gracias al Señor por el amor sin límites que le tiene. También la Santísima Virgen le acompaña en esta reconciliación con el Señor y con los hermanos.

· La práctica del Sacramento de la Reconciliación frecuente es útil y fortalece la vida espiritual aun cuando no existan pecados graves en una persona, ya que la gracia de Cristo acompaña los continuos esfuerzos por crecer hacia la ‘santidad de la vida diaria’.



"Me levantaré...
...y volveré a la casa de mi Padre"


Prepárese para recibir el Sacramento de la Reconciliación
haciendo primero un profundo

Exámen de Conciencia

Exámen de Conciencia

Pidiendo al Señor Jesús que le ilumine, le dé valor y humildad para reconocer los pecados -que significan apartarse de Él, de los demás, y negarse a sí misma- revise su corazón y su conciencia. Que Él le llene de su amor para sentirse arrepentida por estas traiciones y movida firmemente a cambiar de actitud, apartándose del mal y uniéndose realmente a Él.

1. En mi relación con Dios

- ¿He flaqueado en la fe? ¿Busco crecer en mi fe o me he quedado con una fe infantil? ¿Trato de conocer más a Jesucristo y su Evangelio? ¿Busco una mayor comprensión de mi fe mediante la reflexión, el estudio y la conversación con personas cristianas?

-
¿He perdido la confianza en Dios dejándome llevar por la desesperanza? ¿Pongo mi confianza en la Divina Providencia o la pongo en otro tipo de ‘seguridades’ falsas (horóscopos u otros)? ¿He caído en la desesperanza al pensar que mis faltas son ‘imperdonables’?

-
¿Amo a Dios o vivo como un cristiano sólo de palabra? ¿Me he rebelado contra Él? ¿Busco el contacto íntimo y personal con Él en la oración constante? ¿Me he preguntado sinceramente qué es lo que Dios quiere de mí para que alcance la felicidad? ¿Busco conocer la voluntad de Dios para ser fiel a ella? ¿Participo en los sacramentos que Cristo nos dejó: Confesión y Eucaristía?

-
¿Visito regularmente a María en su Santuario? ¿Le ofrezco mis sacrificios y propósitos como aportes al Capital de Gracias? ¿Cómo estoy viviendo y llevando mi horario espiritual? ¿Y los propósitos de grupo? ¿Me esfuerzo por vivir mis ideales?


2. En mi relación con las otras personas

- ¿He calumniado afirmando de mi prójimo algo falso en perjuicio suyo? ¿He comentado o publicado faltas ocultas o defectos ajenos? ¿Juzgo con ligereza las actuaciones de las otras personas?


-
En el matrimonio, ¿vivo con generosidad y alegría el amor y la fidelidad conyugal? ¿Guardo la actitud de respeto y dignidad que corresponde a la vida matrimonial? ¿Me esfuerzo por respetar las enseñanzas de la Iglesia en relación con la paternidad - maternidad responsable? ¿Respeto la originalidad de cada uno de mis hijos? ¿Les ayudo en sus debilidades y fomento sus capacidades?

-
¿He hecho daño ofendiendo a otros físicamente o de palabras? ¿Tengo respeto por las ideas de los otros? ¿Respeto a todas las personas o tengo alguna enemistad u odiosidad más o menos consciente? ¿He sentido envidia, odio o he deseado mal a alguien? ¿Soy capaz de perdonar? ¿Me aprovecho de los otros o busco ser su apoyo?

- Me siento solidario con la Iglesia? ¿Soy fiel a sus consejos o los desprecio? ¿Hablo mal de la jerarquía o de los cristianos en general? ¿Rezo por ellos? ¿Trato de ayudar a solucionar los problemas que veo en la Iglesia?

-
¿Me preocupo activamente por el dolor ajeno o soy indiferente al hambre, al frío, a la soledad, incomprensión o ignorancia que sufren otros? ¿Trato de practicar en la vida diaria la donación de Cristo por todos los hombres?


3. En relación con nosotros mismos

- ¿Me amo y me acepto como me ama y me acepta Jesús, que llegó a dar su vida por mí? ¿Acepto con corazón agradecido las circunstancias reales en que me ha tocado vivir? ¿Mis padres, mis hermanos, toda mi familia; mis compañeros; mis cualidades y mis fallas? ¿Lo acepto como una tarea a realizar conmigo mismo y no como una aceptación resignada y pasiva? ¿Trato de cuidar mi salud y de desarrollarme lo mejor posible? ¿Enfrento los problemas con decisión? ¿Busco alguna evasión: alcohol u otro tipo de drogas?

- ¿Me esfuerzo por ser humilde, servicial, generosa, sin esperar retribuciones? ¿Antepongo mis conveniencias, mis gustos, mis intereses personales antes de procurar la alegría de los demás? ¿Trato de ser como Jesús, manso y humilde de corazón, o más bien soy orgullosa, vanidosa, soberbia, prepotente, de carácter incontrolable?

- ¿Me he dejado llevar por pensamientos, intenciones o acciones desordenadas e impuras? ¿He provocado las pasiones ajenas con mi manera de actuar, de hablar o de vestirme? ¿Veo revistas, videos o películas que desfiguran la verdadera imagen de hombre y mujer que Dios quiere?

-
¿Soy ambiciosa o egoísta? ¿He mentido por vanidad, por aparentar, por cobardía o temor, para encubrir mis errores o rehuir mis responsabilidades? ¿Busco siempre la verdad? ¿Digo la verdad con caridad y respeto?


4. En relación con los deberes y las cosas materiales

- ¿Soy responsable en mis obligaciones? ¿Soy cumplidora y eficiente en mis obligaciones diarias? ¿Soy justa en mis compromisos o negocios? ¿Me esfuerzo por vivir la generosidad? ¿Soy agradecida por lo que tengo? ¿Cuido y mantengo mis cosas en orden? ¿Respeto y cuido las cosas de bien común? ¿Aprovecho bien lo que tengo o busco siempre tener más?




Recomendaciones generales

Medite con sinceridad de corazón esta pauta. No se trata de responder pregunta por pregunta, sino de examinar las actitudes fundamentales y confesar en forma breve los hechos concretos que de ellas se desprenden. Tenga en cuenta que se trata de un encuentro personal e íntimo con el Señor, quien quiere manifestarle su amor misericordioso.

sábado, 15 de noviembre de 2008

NUESTROS TALENTOS - NUESTRA MISIÓN




Toda vida humana es una llamada no solamente a la existencia, sino que encierra en sí misma una misión determinada, aunque a veces escondida para nosotros. María es el ejemplo más noble de una creatura que recibe una misión de Dios y la lleva a término de modo acabado y perfecto.

Al nacer se nos da una misión. Nuestra vida comienza más auténticamente cuando recibimos la gracia del bautismo. ¿De qué nos hubiera valido nacer -dice S. Agustín- si no hubiéramos sido redimidos? Con el nacimiento de María quedó marcado, de modo singular, en la historia el plan de Dios, el misterio escondido desde todos los siglos. Ella, como todos nosotros, fue elegida antes de la creación del mundo para ser santa en el amor. Pero María tiene una misión muy particular y única: La de hacer posible la presencia del Verbo entre nosotros. Gracias a que María aceptó la misión de ser Madre del Salvador, pudo realizarse la redención del género humano.

Dios elige nuestra misión. No somos nosotros los que hemos decidido vivir, ni tampoco quienes escogimos las circunstancias de nuestro nacimiento. No nos define, por tanto, en primer lugar, la libertad, sino la dependencia de Dios. “El mundo y el hombre -nos dice el Catecismo de la Iglesia católica, n.34- atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin”. Hemos sido elegios en Cristo y “destinados de antemano según el designio de quien todo lo hace conforme al deseo de su voluntad” (Ef 1,11). Esta es la elección general. Dios providente nos presenta a cada cual el modo como tenemos que llevar adelante esa elección. En María se manifiesta de una forma muy patente: Dios envió a su ángel, a una ciudad de Nazaret, en el sexto mes, a una doncella llamada María. Dios sabe el cuando de cada una de nuestras vidas y de un modo u otro nos descubre la forma de llevar adelante nuestra vocación: Amarle en esta vida y gozar de El eternamente en el cielo.

Responsabilidad en el cumplimiento de la misión. Este plan de salvación de Dios para cada uno de nosotros exige una respuesta responsable y madura. En ella nos jugamos el destino de nuestras vidas. No es, por tanto, una cuestión de poco más o menos. Es la cuestión fundamental de la vida. “El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad, si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su creador” (Gaudium et Spes, n. 19). María escucha con atención el plan que el Señor le propone en el mensaje del ángel y con plena conciencia, confiando en la palabra de Dios, responde: “Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices”.

Queremos pedirle a la Mater que nos conceda la fuerza para saber responder a Dios con los talentos que se nos han concedido con autenticidad y responsabilidad.

jueves, 14 de febrero de 2008

EL ESPIRITU SANTO

El Dios desconocido
Por: Federico Piedrabuena

Fue en Atenas. Fue hace 2000 años. Un experto en las Escrituras llega a la “capital cultural” del imperio romano. Encuentra la estatua de una divinidad con la inscripción: “al Dios desconocido”. El forastero se dirige entonces hacia el principal anfiteatro de la ciudad, foro donde siempre hay un público dispuesto a escuchar las nuevas ideas.

San Pablo (nombre del protagonista de esta historia) dice ante los atenienses uno de los discursos mas brillantes que se encuentran en toda la Biblia.

Les va uniendo la piedad a la divinidad desconocida con el verdadero Dios, creador de cielo y tierra, Padre de Jesucristo. Y con todo, al llegar a la parte del relato en que Cristo está vivo y resucitó de entre los muertos, recoge burlas y un rotundo “otro día te escucharemos”.

Numéricamente, uno de los grandes fracasos de Pablo. Con todo, algunos oyentes del público se acercan al gran apóstol y, según nos relatan los Hechos, abrazan la fe.

En muchas ocasiones me dan ganas de imitar la estrategia de Pablo. Siento que muchos cristianos se vinculan al Padre (¿quién no reza el Padrenuestro?), conocen al Hijo (en la Eucaristía, llevando una Cruz), pero, ¿y el Espíritu Santo?

Siento que muchas veces, para los cristianos, el Espíritu Santo pareciera ser una especie de Dios desconocido, el “pobre” de la Trinidad. Y eso me rebela. Siento un fuego que me lleva a evangelizar, a hablarles sobre la tercera persona de la Trinidad. Sin duda, ese fuego que me mueve, que me inspira, que me lleva a hablarles de Dios…¡es el Espíritu Santo!

Pero…¿qué nos dice Jesús, qué nos revela Él sobre el Espíritu Santo? Nos dice mucho. En uno de los relatos que más me gustan, nos habla del Espíritu comparándolo con el viento: sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va.
Amigo: si sientes un cosquilleo en tu interior, ganas de saltar de gozo, de cantar una canción como lo hizo María luego de recibir el Anuncio de ser Madre de Dios, de bailar y saltar como lo hizo el rey David ante el Arca de la Alianza, de bendecir a tus amigos como lo hizo Jesús en las bienaventuranzas…amigo, ¡ese es el Espíritu Santo!

Me gustaría que cuando entres a nuestro Santuario y veas el símbolo de una paloma blanca envuelta en llamas, sientas al Espíritu Santo. Esa paloma blanca, que te mira desde lo alto, ¡no es la paloma de la paz!!! Aunque en cierto sentido… ¡perdón!, en el más auténtico sentido, ¡sí lo es! Es la paloma de la paz interior, la paz de Cristo, ¡la que verdaderamente vale! Es un símbolo del Dios de la alegría, del gozo, del consuelo, de la paz verdadera, ¡del Espíritu Santo!
¿Sientes ese viento que te susurra, que te supera, que te eleva?, ¿te esfuerzas por escuchar su voz?

Ve al santuario. Implora sus dones. Prueba, siente el Espíritu, que vas a bailar y saltar de alegría, vas a cantar de júbilo, vas a nacer de lo Alto.

Amigo, ábrele a Dios tu corazón, ¡y recuerda que la vida del Espíritu es Mejor!