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lunes, 1 de marzo de 2010

78° REFLEXIÓN DEL PADRE NICOLAS

Solidaridad

Todos conocemos la frase bíblica: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”….
Al escucharla, es como si de pronto nos vemos despedidos del cielo a la tierra, del espiritualismo a la encarnación. La sorpresa es profunda y general. Los justos como los condenados, protestamos: “¿Cuándo te hemos visto...?”

Jesús nos avisa de antemano que no seremos juzgados por nuestras prácticas religiosas: no nos preguntarán si hemos rezado, si hemos profetizado, si hemos asistido a charlas, retiros o reuniones religiosas. El juicio final no se basará en la cantidad de nuestras comuniones, de nuestras misas dominicales, de nuestras confesiones. Toda esa intimidad aparente con Jesús no nos impedirá ser puestos a la puerta del Reino. No seremos interrogados sobre lo que hicimos frente a Dios, sino sobre lo que hicimos frente a los demás.

Cristo se identifica aquí plenamente con los pequeños, pobres y humildes. En ellos, Dios está a nuestro alcance, para que podamos amarlo y servirlo. “Cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Él está allí, a nuestro lado, con mil rostros distintos. Pero nosotros, ciegos, duros, egoístas y negligentes, no sabemos verlo, peor todavía, no queremos verlo. Lo dejamos ir. Y, tal vez, hasta lo despreciamos. Provocamos su justicia con nuestra injusticia y falta de solidaridad. “Cada vez que no lo hicieron con uno de estos mis hermanos, conmigo no lo hicieron”.

Si la solidaridad fraterna es la única garantía para entrar en su Reino, entonces no nos queda otro camino que buscar el rostro de Cristo en el rostro de nuestros hermanos que sufren. Y cuando lo descubrimos, tenemos que acogerlos y, ayudarles como lo haríamos con Jesús mismo.

Y así ningún cristiano puede permanecer tranquilo, mientras que haya niños que no tienen que comer, jóvenes sin posibilidad de instruirse, adultos que carecen de trabajo, ancianos pasando los últimos años de su vida en una resignada desesperación.

En cada uno de estos rostros se refleja nuestro Señor. Porque en cada uno de estos hermanos necesitados nos sale nuestro Dios al encuentro.

El auténtico amor se manifiesta y realiza cuando es capaz de traducirse en solidaridad. Porque el amor es una fuerza de unión, una tendencia a considerar al otro como parte de mi propio ser, como mi verdadero hermano en Cristo.

Por eso, amar es compartir: sentir mías las alegrías, las esperanzas, las angustias y las necesidades del otro. Y hacerle sentir que también lo mío ‑ mi corazón, mi tiempo, mi pan ‑ está a su disposición. En esto consiste la solidaridad. Y en este tiempo difícil que estamos viviendo, es necesario que todos seamos solidarios con los hermanos necesitados. Además, es el único signo por el cual los hombres podrán reconocernos como discípulos de Cristo e instrumentos del Espíritu Divino.

Pues lo peor no es ciertamente el mal que cometemos, sino el bien que dejamos de hacer. Existe un grupo numeroso de gente que “no roba, ni mata, ni hace mal a nadie”. Pero tampoco hace el bien.

Retirarse a la vida privada, refugiarse en la multitud, lavarse las manos ante los gritos de los más pobres y oprimidos - es hacerse cómplice y corresponsable de la injusticia. Pero todos serán descubiertos y condenados cuando llegue el día de las responsabilidades. Todos serán despojados de su paz y de su seguridad burguesas, en aquel día terrible. Porque Dios vendrá como un ladrón que no anuncia ni el día ni la hora de su visita.

Queridos hermanos, renovemos por eso no sólo nuestro amor al Señor, sino también nuestra entrega generosa a los hermanos, sobre todo a nuestros hermanos pobres, desamparados y marginados. Y entonces nos esperará, al final de nuestra vida, la invitación del Juez divino: “¡Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo!”

Preguntas para la reflexión

1. ¿Qué hago por los más pobres?
2. ¿La religión es un refugio para mí?
3. ¿Me considero una persona solidaria?

martes, 2 de febrero de 2010

FICHAS DE REFLEXIÓN PERSONAL

Nuestros milagros de cada día

Padre Nicolás Schwizer

Existe una ambigüedad que caracteriza a los signos y milagros de Jesucristo.
Por una parte, los evangelios están llenos de milagros. El camino de Jesús está señalado por acontecimientos prodigiosos: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan.

Por otra parte, Cristo es reticente con los milagros. Multiplica los signos, pero no pretende presentarse como taumaturgo. Viene a traer la salvación, no a hacer milagros. Evita todo sensacionalismo, se niega decididamente a lo espectacular.

Si miramos atentamente el Evangelio, podemos decir que hay dos cosas que son capaces de arrancarle milagros: la fe de los que piden y la miseria de los hombres.
1. La fe del que pide. Un rostro que implora con fe es un espectáculo ante el que Cristo no puede resistirse. Es su punto débil. Se deja escapar expresiones maravilladas: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” Y no puede evitar realizar el milagro: “Hágase según tus deseos...”
2. La miseria humana. Cuando Jesús se encuentra en sus caminos con la miseria, se siente casi obligado a regalar el milagro. En muchos casos, ni siquiera es necesario que formulen una petición explícita. Basta con la presencia del dolor. P.ej. las lágrimas de una madre que acompaña al sepulcro a su único hijo. Y Cristo responde inmediatamente. No puede ver cómo los hombres sufren.

Yendo a nosotros, hay cristianos que quieren ver milagros a toda costa. Como si su fe estuviera colgada, más que de la palabra de Dios, de los milagros. Su vida se desarrolla bajo el signo de lo extraordinario, de lo excepcional, a veces incluso de lo extravagante.

No han comprendido que la fe es lo que provoca el milagro. Y no al revés. Han trastornado el procedimiento de Jesús. En el evangelio aparece con claridad que el Señor resalta la libertad, deja la puerta abierta, pero sin obligar a entrar a nadie, sin golpes espectaculares. Él queda vencido sólo por la fe de los hombres.
Pero existe también una postura contraria, también fuera de tono. Son cristianos que tienen miedo, que casi se avergüenzan del milagro. Pretenden impedirle a Dios que sea Dios. Les gustaría aconsejarle que no resulta oportuno, que es mejor, para evitarse complicaciones, dejar en paz el campo de las leyes físicas. Como si Dios estuviese obligado a pedirles consejo antes de manifestar su propia omnipotencia. Se olvidan que los milagros son la expresión de la libertad de Dios.

Nuestros milagros. Por encima de estas actitudes frente a los milagros y signos de Dios, está la obligación precisa para todos nosotros: Cristo nos ha dejado la consigna de hacer milagros. Es el “signo” de nuestra fe. Más aún, hemos de “convertimos” en milagros: Milagros de coherencia, de fidelidad, de misericordia, de generosidad, de comprensión.
Una vez más esta “generación perversa pide un signo”. Y tiene derecho a esperarlo de nosotros, los que nos llamamos cristianos. ¿Qué signo podemos ofrecerles? ¿Qué milagro podemos presentarles?

Una respuesta al mundo que nos rodea. Nuestro camino pasa por un mundo que tiene hambre, hambre de pan y hambre de amor. Un mundo enfermo de desilusiones. Un mundo ciego por la violencia. Un mundo asolado por el egoísmo. No podemos pasar por ese camino limitándonos a contarles a los demás, los milagros de Jesús. No podemos contar con sus milagros. Hemos de contar con los nuestros.

Lo que buscan los hombres de este mundo, son nuestros milagros de cada día: nuestros milagros de fe, de amor, de transformación, de vida cristiana.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Qué milagro de transformación pueden ver en mí?
2. ¿Qué ofrezco a los que buscan algo?

sábado, 2 de enero de 2010

REFLEXION DEL PADRE NICOLAS

Epifanía de Dios, por medio nuestro

Epifanía es la fiesta de la aparición de Dios, de la manifestación de Dios. Lo esencial del cristianismo es que Dios se revela a los hombres, que Dios viene a nosotros, que Dios es conocido por nosotros bajo una forma sensible.

La Biblia nos habla de las revelaciones y manifestaciones de Dios. Ya desde los primeros tiempos, Él se acerca a los hombres. Pero, después de haberse manifestado muchas veces y de muchas maneras, Dios se nos aparece en su Hijo.

Este es el gran suceso: Dios se hace un niño. Se hace un niño como todos los demás, un niño que llora cuando tiene hambre y al que es necesario cambiarle los pañales. Y sin embargo, tras su debilidad e impotencia oculta y encierra al gran Dios infinito. Eso es Epifanía: la manifestación, la revelación de Dios en un niño recién nacido.

Los magos que vienen de lejos para ver al niño, subrayan el hecho de que Dios ha aparecido para todo el mundo. Ellos representan todos los hombres de buena voluntad que buscan la felicidad y salvación.

Y así llegan a la cuna y comprenden que en ese niño está toda la grandeza y todo el amor de Dios a los hombres. Se llenan de inmensa alegría, lo adoran y le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra.

Pero, ¿qué significa este suceso para nosotros? ¿Es algo más que un simple recuerdo de aquel tiempo feliz?

Esto pasó hace siglos pero es, tal vez, hoy más actual que nunca. Epifanía de Dios es lo que buscan los hombres, consciente o inconscientemente. Hoy hay más hambre de Dios, porque el hombre, a pesar de todas sus conquistas ‑ o tal vez precisamente por ellas ‑ se siente más vacío, más necesitado de ayuda.

También hoy en día, los hombres quieren ver a Dios. Si ese Niño de Belén es Dios, si resucitó y demostró así definitivamente su divinidad - ¿dónde está? La frase de los magos la repiten hoy millares de hombres angustiados: ¿dónde está Dios?

Hoy debería acontecer Epifanía no ya en un lugar, sino en todos los rincones del mundo. Donde hay un cristiano, donde está viva la Iglesia, allí debería hacerse Epifanía de Cristo, de Dios. Dios ya no se encarna en un solo hombre, sino en todo el pueblo cristiano. Dios se encarna en cada uno de nosotros.

Si no se lo ve en nuestras vidas, ¿no será porque no lo mostramos? Si no se encuentra su amor, su generosidad, su comprensión y su perdón, ¿no será porque estamos demasiado lejos del Evangelio, de Dios, de su espíritu?

Hoy son miles o millones los magos que, de cerca y de lejos, vienen hacia la Iglesia y hacia los cristianos ‑ buscando al que vino para ser la salvación del mundo. Están a las puertas de nuestras casas y de nuestros templos para verlo pasar a Cristo. Pero si seguimos mostrando una careta de Él y no su auténtico rostro, ¿cómo pueden reconocerlo?

No hay nada que nos pueda librar de esa responsabilidad. Hoy en día, es el camino elegido por Dios para su Epifanía, su manifestación. A Dios se lo ha de descubrir leyendo el libro de nuestra vida. Quien a mí me vea, a Él lo debe descubrir. Quien a nosotros se una, con Él debe encontrarse.

Queridos hermanos, toda Eucaristía es una Epifanía de Dios. Que sea, para nosotros, una invitación y un estímulo de manifestarlo a Cristo a todos los que nos encuentran, a todos aquellos que lo buscan en nosotros, en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestras comunidades.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Somos una Epifanía para los demás?

2. ¿Qué ven y qué encuentran en nosotros?

3. ¿Pensamos en la Eucaristía como una Epifanía de Dios?

martes, 20 de octubre de 2009

70° FICHA DE REFLEXIÓN PADRE NICOLÁS SCHWIZER

¿El diálogo o la pelea conyugal?

Padre Nicolás Schwizer
¿Cómo anda nuestro diálogo, el momento decisivo de la comunión conyugal? La falta de diálogo es la peor enfermedad del matrimonio, una enfermedad que lo carcome por dentro. Por eso, periódicamente deberíamos revisar nuestro sistema de diálogo: ¿cuándo dialogamos? ¿Por qué no dialogamos?

Aquí podemos recordar que existe una diferencia entre varón y mujer: Las mujeres tienen una necesidad y una capacidad de diálogo mucho mayor que la del hombre. Además giran permanentemente en torno a las personas, mientras que los hombres generalmente se interesan más por las cosas. Por eso, al varón le cuesta más darse, entregarse a sí mismo, dialogar. Por otra parte, la mujer se enreda fácilmente en su riqueza afectiva, puede ponerse susceptible y rencorosa.
La cumbre del diálogo es la unión conyugal. Debería culminar el diálogo que ya en palabras no puede expresarse. Es tal vez la experiencia humana más parecida a la comunión y la que más les puede ayudar a prolongar o preparar bien la comunión eucarística. De allí la importancia de realizar ese acto con el espíritu en que Cristo se nos da: con la generosidad, el respeto, la apertura a la vida, con la conciencia de que es algo santo.

La comunión es comunión de fidelidad. Es necesario revisar, cómo anda nuestra fidelidad. Cristo no se nos da una sola vez, sino que está siempre, todos los días ofreciéndonos la misma comunión, y no se cansa a pesar de nuestros pecados. Nosotros, ¿cómo andamos en esa fidelidad, en ese tener la mesa siempre puesta?

Todo esto ayuda a prolongar y preparar la comunión con Cristo en la misa. Una auténtica comunión conyugal es uno de los mejores caminos hacia la Eucaristía.
¿Qué es lo central, lo esencial en nuestra Alianza matrimonial? Es el don del corazón, el don de lo íntimo de cada uno. Los cónyuges han de abrir sus corazones y regalarse mutuamente su intimidad, su profundidad. Es fácil dar cosas, pero es difícil darse, regalar lo de adentro. Por eso, nos cuesta el diálogo conyugal.

Y no sé cuántos matrimonios consiguen hacer realmente buenos diálogos profundos que no terminen en discusión y pelea.
Algunas dificultades. Ahí esta sentada la señora suspirando con los problemas inventados de la telenovela. En cambio no tiene tiempo para escuchar los problemas reales del marido. Y viceversa.

Es difícil encontrar el tiempo y, sobre todo, encontrarlo en el momento en que el otro me necesita. Sólo es posible si estoy dispuesto a renunciar a ciertas cosas, a dejar ciertas cosas cuando veo que el otro busca mi apoyo y mi comprensión.
El varón, generalmente menos personal y menos comunicativo por naturaleza, prefiere su trabajo por encima de todo. Cuando llega a casa por la noche, aspira a la tranquilidad total y se considera en estado de completo relajamiento. Tiene, por eso, la tendencia a relegar a un segundo plano todos los problemas del hogar. Considera que el ejercicio de su profesión le ha provisto ya de su correspondiente porcentaje de preocupaciones y responsabilidades hogareñas. El silencio es su refugio.
Otro factor sicológico: el miedo a dar su brazo a torcer. Al final de un intercambio efectivo, existe muchas veces un cierto número de verdades que es necesario reconocer, ciertos hechos que no se pueden esquivar, ciertas concesiones que habrá que hacer. Sin embargo, el orgullo de ambos cónyuges les sugerirá, con frecuencia, que más vale huir del diálogo, porque éste podría conducir a estas concesiones desagradables. Comunicarse con el otro es otorgarle un cierto dominio sobre uno. Y por temor a ser sutilmente dominado, se prefiere una actitud de no-apertura para protegerse.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cuáles son los obstáculos para un mejor diálogo?
2. ¿Soy de los que huyo del diálogo?
3. ¿Dialogamos o peleamos?

domingo, 11 de octubre de 2009

REFLEXION DE DOMINGO

Padre Nicolás Schwizer
Arraigo a las cosas
Lo importante es no usarlos para servirnos a nosotros mismos y a nuestros caprichos sino para ayudar a los demás.
Arraigo a las cosas
Arraigo a las cosas

1. Hoy quiero hablarles sobre nuestro arraigo a las cosas. Como introducción al tema, les voy a leer un trozo muy instructivo de un libro famoso de Antoine Saint-Exupery: El Principito. Se trata de la conversación del principito con el zorro.

2. “Mi vida - le dice el zorro al principito - es muy monótona: cazo gallinas, y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas y todos los hombres son iguales, por consiguiente, me aburro constantemente.

Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol y conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me harán esconder bajo tierra, los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música.

Y además, mira: ¿ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques. El trigo, que es dorado también, me hará recordarte. ¡Me gustaría mucho oír el rumor del viento entre el trigal…!”
El zorro calló y miró un buen rato al principito. “Por favor, domestícame”, le dijo.
“Bien quisiera - le respondió el principito - pero no tengo mucho tiempo. He de buscarme amigos, y conocer muchas cosas”.
“Sólo se conocen bien las cosas, si las domesticas - dijo el zorro -. Los hombres no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho de las tiendas. Y como no hay tiendas donde se vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!”
3. Creo que este texto es suficientemente elocuente para que nos podamos hacer una idea del arraigo en las cosas. Lo material está arraigado de valor personal porque es expresión del arraigo en las personas y, más profundamente aún, del arraigo en Dios.

Pero este pasaje nos muestra también que el hombre moderno, viviendo entre las cosas y usándolas, desconoce el vínculo personal a ellas. Somos como turistas acumulando cosas sin que ellas nos enriquezcan interiormente. Y esta tendencia se intensifica todavía más por nuestra sociedad de consumo.
4. ¿Cómo debe ser, entonces, un arraigo sano en las cosas materiales?
En primer lugar, hemos de entender que las cosas no sólo tienen un valor propio, sino además un significado simbólico. Son como pequeños profetas de Dios. Nos traen la buena Nueva de Dios, de sus atributos y de sus propósitos. Por medio de ellas, Dios nos muestra sus deseos, su presencia y nos introduce en su corazón de Padre.

Veamos algunos ejemplos que nos da el Padre José Kentenich: “Paso junto a un rosal florido. Este rosal ha recibido de Dios el encargo de hablarme de su amor y de su hermosura. O veo agua cristalina: ¿por qué no me ha de recordar, con voz profética, el bautismo y la purificación del alma? El pajarito que canta en la enramada, ¿no nos saluda de parte del Padre celestial, que con tanta providencia le viste y alimenta?”.

Nuestra tarea consiste, por eso, en interpretar esta voz profética de las cosas; en saber escuchar y entender lo que nos hablan de su creador. Eso nos permite tener un arraigo profundo en las cosas que nos rodean.
5. Hemos de caminar con ojos abiertos por este mundo, prestar oídos a las invitaciones de la creación:
Los espectáculos de la naturaleza, p.ej la inmensidad misteriosa del mar, la grandeza de las cordilleras, la agitación de la tormenta, el silencio de los bosques, pero también las maravillas de la cultura, el arte y la técnica - todo ello nos impulsa a reconocer la omnipotencia, la sabiduría y la bondad de Dios. Todo ello es como un cántico de alabanza y de gratitud al Creador.

Y nos invita a nosotros, los hombres, a ofrecer esta alabanza a Dios, en nombre de toda la creación. Nos invita a prestar nuestras voces de alabanza a toda la creación inanimada. Solo así las cosas nos arraigan en Dios, serán puente de unión a Él y cumplirán en nosotros su verdadera misión.
6. Pero nos falta todavía un elemento esencial para tener un arraigo sano y equilibrado en las cosas y bienes de este mundo. Sabemos que existe el peligro de que nos arraiguemos demasiado en las cosas, de que nos hagamos esclavos de las cosas. Creo que a todos nos pasa que no nos sentimos plenamente libres frente a algunas cosas; por ejemplo: el cigarrillo, el coche nuevo que anhelamos, nuestros bienes materiales.

Una vinculación sana a las cosas significa, por eso, también saber despojarse, saber renunciar a ellas. Debemos preservarnos del excesivo aprecio a las cosas terrenas, no somos propietarios absolutos, sino sólo administradores de los bienes que Dios nos ha dado. Nos sirven como medios útiles para desempeñar nuestra misión de vida.

Hemos de tener la fuerza y la libertad interiores de saber renunciar a los bienes superfluos de este mundo por amor a Dios y a los hermanos. Sólo así podremos entregarnos a los verdaderos valores e ideales de nuestra vida de cristianos.

Queridos hermanos, que la Sma Virgen y su hijo Jesucristo nos den, la gracia de un arraigo armónico en las cosas - arraigo que sabe interpretarlas, gustarlas y dominarlas, pero también renunciar a ellas si hace falta.

sábado, 3 de octubre de 2009

68° Reflexión del P. Nicolás

¿Qué es rezar?

Padre Nicolás Schwizer

1. Si miramos al hombre moderno, vemos que trabaja, se afana, se ocupa. Y no tiene tiempo para Dios, para escucharlo, para conversar con Él, para hablarle, para rezar. ¡Qué poco tiempo dedicamos a la oración!

2. No se puede separar nuestro rezar de nuestra vida cristiana; siempre van juntas. San Agustín expresa esta relación interior entre vida de oración y vida cristiana de la siguiente manera: “Quien reza bien, vive bien”. Y por el contrario se puede decir: quien reza mal, vine mal.
También Santa Teresa explica: “Para mí siempre es lo mismo: rezar y encontrar el camino hacia Dios.” Quien, por eso, no reza, no encontrará nunca el camino hacia Dios. Así entendemos, por qué muchos de nuestros contemporáneos no viven como cristianos, no tienen una relación personal con Dios: ellos no se esfuerzan por orar.

A estos hombres San Alfonso les dice una palabra muy dura: “Quien no reza, quien deja de rezar, no debe ser condenado, porque ya está condenado”. Aún cuando no perdamos nunca la esperanza de salvación para estos hombres, sin embargo sentimos que la oración es absolutamente necesaria para un cristiano vital, para un hombre nuevo.

3. ¿Qué es, pues, rezar? Rezar, simplemente dicho, es dialogar personalmente con Dios, es hablar de persona a persona con Él.

Nuestra oración es impersonal, cuando sólo es una repetición sin reflexión, cuando sólo es un mover de los labios, cuando no hay interés interior en lo que decimos exteriormente. Es lo que dice Dios al pueblo judío, por medio del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí”. (Is 29,13)
Rezar por el contrario, es tener un diálogo con Dios, una intercomunicación vital entre Dios y yo. Hablo con Él como con una persona humana muy querida; hablo sobre mis intereses personales y familiares, y también sobre los intereses de Dios. Todo lo que personalmente experimento, siento, deseo, sufro - todo se lo digo a Él.

De tal manera me uno a Dios en la oración con todo mi ser, toda mi vida, toda mi alegría, todos mis problemas.

Así nuestro orar quiere ser un hablar con toda naturalidad, o como nos enseña Santa Teresita - un “charlar espontáneo” con el Dios personal.
4. Rezar, en este sentido, toma el hombre entero, sobre todo su corazón. Porque la oración verdadera se entiende también como un diálogo de corazón, entre Dios y el hombre. Hay un proverbio que dice: Mejor es rezar con mucho corazón y pocas palabras, que con muchas palabras y poco corazón.

Porque rezar con el corazón es signo de un amor maduro y de una vinculación profunda a Dios. Y a medida que el amor se vuelva más profundo, menos necesita de gestos y palabras, para expresarse. Necesita cada vez más la tranquilidad, para mirar simplemente, para amar en silencio.

5. Muchos cristianos creen que no tienen tiempo para orar. Pero no falta el tiempo sino la valorización de Dios. Porque tenemos tiempo para todo lo que nos parece importante y nos interesa: el diario, el deporte, un paseo, una fiesta... No tenemos tiempo para Dios porque Él no es importante, no tiene mucho valor para nosotros. O sea, es una cuestión de jerarquía, de escala de valores.
Como cada amistad, también nuestra amistad con Dios exige un poco de tiempo, un poco de atención, un poco de cuidado. Si amamos, hemos de encontrar tiempo para amar.
Orar es detenerse, es darse tiempo para cultivar nuestra amistad con Dios. Una amistad verdadera surge lentamente: hay que tener paciencia pare amar, hay que saber hacer un alto.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cómo es mi diálogo con Dios?
2. ¿Cuánto hay de palabras y cuánto de corazón en mis oraciones?

jueves, 17 de septiembre de 2009

FICHAS DE REFLEXIÓN PERSONAL

Educación a la pureza
Padre Nicolás Schwizer
La pureza que en María fue un don, es para nosotros una ardua tarea. ¿Por qué?
a) Por el pecado original. El hombre antes del pecado original poseía el don de la integridad: Armonía entre razón, voluntad y corazón: “armonía entre el animal, el ángel y el hijo de Dios en nosotros”.
b) Por el ambiente en que vivimos. Nuestra época se caracteriza por el alejamiento de Dios, por la pérdida de su orientación sobrenatural. Lo material, lo exterior pasa a primer plano. Se ha llegado a una sexualización: el ver en la mujer sobre todo lo físico, lo corporal. Hay también una pérdida creciente de pudor, de delicadeza y de los valores protectores de la pureza.
Influye en esta situación la carencia de un auténtico amor en los hogares que lleva a los jóvenes a buscar amor en otra parte, a pesar de que emocional y psicológicamente no están preparados y maduros para ello.

¿Qué es el cuerpo? El Padre Kentenich fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, aclara que “el cuerpo es espejo, compañero e instrumento del alma”.
a) Espejo o expresión del alma: El alma se manifiesta a través del cuerpo, se expresa en lo exterior (en el modo de pensar, sentir, actuar o vestirse). Las expresiones exteriores sin contenido espiritual, son expresiones sin sentido (caricias sin verdadero amor). Lo que hago, debe expresar lo que soy (¡autenticidad!)
b) Compañero del alma: No podemos tener una actitud de rechazo, de mera convivencia pacífica con el cuerpo o despreciar el cuerpo, pero tampoco podemos divinizarlo en un culto que no le corresponde: Según el Padre Kentenich, la actitud adecuada es el cultivo del cuerpo. Tiene que haber una íntima relación: una valorización, un cuidado y una responsabilidad con el cuerpo.
c) Instrumento del alma: Cuando el alma quiere actuar necesita del cuerpo como instrumento.
Pero el cuerpo debe estar dirigido por el alma, es decir por la razón y la voluntad. No deben invertirse los papeles.

El trato con el cuerpo.

Todo esto ilumina el trato que debemos dar al cuerpo. El Padre Kentenich dice que debemos tratarlo con “amor respetuoso y con sabia severidad”.
Con amor respetuoso porque es un templo de Dios, una morada de Dios, un Santuario. En nosotros habita Dios, nuestro cuerpo es una realidad consagrada.
El cuerpo debemos utilizarlo como le agrada al Señor. Sobre todo, debemos tratarlo con respeto: por ejemplo no jugar con él, ni con los instintos; respeto en el actuar, en la manera de vestirse, en el modo de hablar.
Eso tiene sus consecuencias para la alimentación: comida sana y adecuada a la salud de cada uno, cantidad; para el descanso: dormir suficiente, vacaciones, deporte, etc.

Además, debemos tratarlo al cuerpo con sabia severidad. Por el pecado original se ha roto la armonía entre cuerpo y alma. El cuerpo trata de imponerse al alma y de someterla a sus caprichos y gustos. Esto exige que lo tratemos con severidad, pero no en forma autócrata, sino sabia y diplomáticamente.
Hemos de aplicar la ley del “agere contra” (actuar en contra): hacer lo contrario de lo que me dictan los instintos e impulsos. Hacer sacrificios que ayudan al cuerpo a ser más noble y superar sus caprichos: pereza, gula, tendencia a gozar en exceso, comodidad, menor esfuerzo, manía de los calmantes, esclavitud del cigarrillo, etc. Hemos de buscar nuestro punto débil en este sentido y no perderlo nunca de vista.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cuido a mi cuerpo, cómo lo cuido?
2. ¿Cuáles son mis debilidades?
3. ¿A qué puedo renunciar para fortalecer mi voluntad?

lunes, 31 de agosto de 2009

REFLEXIONES DEL PADRE NICOLÁS

Las tormentas de nuestra vida

Hay en Palestina dos lagos. Uno, el Muerto, en permanente calma. No hay en él olas ni tempestades. El otro, el de Genesaret, cobra todos los años varias vidas humanas: la tempestad surge en él tremenda e inesperada, los vientos le sacuden, sus olas llegan a alcanzar varios metros. Pero los pescadores eligen este segundo lago. Porque en el Mar Muerto no se encuentra jamás una barca, ya que en él no hay rastro de vida. En el lago de Genesaret el riesgo es compensando con la abundancia de la pesca.
Jesús también eligió para sus apóstoles el lago del riesgo y de la vida. Porque vida plena y fecunda incluye riesgo, cruz y fracaso. Por eso les anuncia sin rodeos: lucharán, sufrirán, serán azotados, morirán violentamente. Serán odiados por su nombre y les perseguirán de ciudad en ciudad.

La barca es un antiguo símbolo de la iglesia. Y esta barca pasó, a lo largo de los siglos, por muchas tormentas que alternaron con tiempos de calma y tranquilidad. Y sabemos que estas tormentas no van a acabarse hasta el final de los tiempos.

Algo semejante puede decirse también de los pueblos, familias, personas, de cada uno de nosotros. La barca de nuestra vida atraviesa muchas tormentas. Es inevitable. Pertenece a la existencia humana. Pensemos, por ej., en las tormentas de la:
· Vida familiar: problemas materiales, dificultades en el matrimonio, en la educación de los hijos
· Vida profesional: falta de trabajo, cesantía, injusticias
· Vida religiosa: crisis y dudas de fe, desilusiones con sacerdotes, alejamiento de la Iglesia y de Dios
· Vida personal: limitaciones físicas o síquicas, enfermedades, tentaciones, enemistades, golpes del destino como la muerte de un ser querido.

En estas tormentas de la vida, los cristianos debemos distinguirnos de los demás. Sabemos que no estamos solos en nuestra barca de vida. Sabemos que Jesús nos acompaña ‑ aún cuando parezca no preocuparse por nosotros. La fe nos dice que Él vela por nosotros. Porque Él está comprometido, está metido dentro de la misma barca nuestra.

Dios es fiel a su compromiso. Pero Dios puede estar como estuvo en la barca de Pedro, es decir, dormido (Mt 8, 23ss). Pedro trató de luchar solo contra la tempestad. Y cuando estuvo en el colmo de la angustia se acordó que estaba el Señor y lo despertó. A nosotros nos pasa así también: nos olvidamos que Él está, dejamos que se quede dormido. Queremos luchar solos y recién cuando estamos muy desesperados nos acordamos del pasajero que es el más importante.

Dios es un Dios de la vida. Está presente permanentemente en nuestra vida. Y sobre todo está presente cuando más lo necesitamos: en medio de las tormentas. Sólo que en estos momentos es más difícil creer en su presencia, tal como les pasó a los apóstoles en medio del lago.
Porque la fe no es aceptar artículos de fe: es creer en una persona, es creer en Jesucristo, es confiar en Él, es confiarse a Él. La fe es un acto personal, entre persona y persona, entre hombre y Dios. Es un acto de confianza, de entrega, de seguimiento total y sin límites.

Y, por eso, el sentido de las tormentas en nuestra vida es: probar nuestra fe en una situación extrema; acercarnos más a Dios y poner en Él toda nuestra confianza.

En la pedagogía del riesgo de Jesús, la cruz y el sufrimiento son necesarios para el triunfo final.
Queridos hermanos, pidamos al Señor que nos haga crecer en nuestra fe y nos regale una confianza heroica en medio de las tormentas de nuestra vida.

Preguntas para la reflexión

1 ¿Cuál es nuestra actitud ante fracaso, cruz y riesgo?
2 ¿Lo hemos integrado a nuestra vida, como algo necesario e incluso como la llave de nuestra fecundidad?
3. ¿Pienso en Jesús en los problemas?

sábado, 15 de agosto de 2009

65ª REFLEXIÒN DEL PADRE NICOLAS

El mejor de los regalos de Jesús: su Madre

Vamos a hablar del mejor de los regalos de Cristo a la humanidad. Él, que nada tiene, desnudo sobre la cruz, posee aún algo enorme: una madre. Y se dispone a entregárnosla.

Es san Juan quien nos trasmite este episodio (Jn 19, 25-27). Y, con profunda agudeza psicológica, la coloca inmediatamente después de la narración del reparto de las vestiduras y del sorteo de la túnica. Sin decirlo, Juan está explicándonos que esa túnica era obra de la madre de Jesús y que es precisamente ese sorteo lo que hace brotar los recuerdos en la cabeza del moribundo y lo que le empuja a fijar su atención en el grupo de amigos que hace guardia al pie de la cruz.

A esta hora se ha alejado ya el grupo de los curiosos. Gran parte de los enemigos se ha ido también. Quedan únicamente los soldados de guardia y el pequeño grupo de los fieles.

Los apóstoles han huido. El mismo Pedro, por miedo o quizás más probablemente por vergüenza de su traición, tampoco está aquí. Para bochorno de los varones el grupo está formado por mujeres, a excepción de Juan, el más joven del clan de pescadores, en quien el amor ha podido más que los miedos y las dudas.


El centro del grupo lo constituye María, la madre del moribundo. Hay a su lado otras mujeres. “Estaban - dice el evangelista – junto a la cruz de Jesús su madre; las hermanas de su madre; María, esposa de Cleofás; y María de Magdala”. Esta última sabemos ya quien era: la mujer de quien, según san Lucas, habían salido siete demonios (8, 2) Y seguramente la misma mujer a quien, según el mismo evangelista, vimos secar los pies de Jesús en casa de Simón el fariseo (7, 36-50); probablemente es también la hermana de Lázaro, el resucitado.
Sabemos que estaban cerca de la cruz.

Quizás el mismo Jesús les hizo en este momento gestos de que se acercasen porque tenía algo importante que decirles.
En realidad, ninguna ley impedía a los parientes acercarse a los condenados; los soldados defendían las cruces contra un posible golpe de mano o para impedir cualquier forma de tumulto; pero no apartaban a los curiosos, ni a los enemigos, ni tampoco a las personas amigas. Realmente poco podía temerse de aquel grupito de mujeres y un muchacho. Los mismos soldados debían de tener compasión de aquel reo a quien a la hora de la verdad, tan pocos partidarios le habían quedado.

Sabemos también que “estaban” junto a la Cruz, y ese estaban en latín nos dice claramente que permanecían en pie, que se mantenían firmes. Que María pudiera tener algún momento de desmayo entra dentro de su condición humana. Que fuera sostenida por Juan, es normal en una madre. Pero ciertamente lo que Jesús vio desde la cruz no fue una mujer desmayada. Desgarrada por el dolor, estaba allí entera, despierta para asumir la tremenda herencia que iban a encargarle.

No le niega nada. Ciertamente es misteriosa la presencia de María en este momento. Desde el punto de vista humano y sentimental era cruel haberla conducido allí. Cruel para los dos. La presencia de la madre en la cruz era una doble fuente: fuente de dulzura y de dolor. Para Cristo tuvo que ser un consuelo sentirse acompañado por ella, ver desde la cruz el primer fruto purísimo de su obra redentora. Pero también fue fuente de enorme dolor verle sufrir a su madre. El que ama, cuando descubre el eco de su propio sufrimiento en el ser amado, siente desgarrarse nuevas regiones en su corazón. Por otra parte, pienso que el ver sufrir tanto a su madre es la razón porque Jesús no le niega nada.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Es la Virgen, una madre para mí?
2. ¿Cuál es mi oración favorita a la Virgen?
3. ¿Qué puedo hacer para vincularme más a María?